Una mala semana para morir

Esta última ha sido una semana de muertes. En apenas cuatro días han fallecido otras tantas personas más o menos conocidas, con una repercursión de lo más dispar.

El lunes fallecía Palmirá Pla Pechovierto, maestra republicana; el martes Antonio Puerta, deportista, y Francisco Umbral, escritor; y ayer mismo José Luis de Vilallonga, artistócrata (si es que ese es un oficio) además de actor, periodista y escritor.

De todas ellas me ha impresionado especialmente la del futbolista del Sevilla, no por la muerte en si, que es tan triste e injusta como la de cualquier otro muchacho de 22 años, sino por la, en mi opinión, desmedida repercusión que ha tenido ya no sólo en los medios de comunicación, sino también entre la sociedad, y muy especialmente la sevillana.

Entiendo el dolor que una muerte tan temprana e inesperada puede causar entre los familiares, entre los compañeros de trabajo y el entorno más cercano de la persona fallecida. Entiendo incluso la tristeza por la desaparición de un personaje famoso, con el que se trazan relaciones de afecto invisibles pese a que no se tenga una vinculación real con el mismo. Sin embargo, me cuesta entender el tipo de sociedad en el que vivimos cuando veo que miles de personas se concentran de madrugada ante un campo de fútbol para ver desfilar un ferétro, cuando veo que muchas de ellas son capaces de derramar lágrimas, de caer en adulaciones fáciles, de terminar momentáneamente con disputas que han durado décadas y han costado otros muertos, y todo ello motivado por la desaparición (muy trágica eso sí) de una persona de la que sabíamos apenas nada hace unos días.

Mientras tanto, y como decía al principio, otras personas fallecían casi al mismo tiempo. Moría Umbral, que seguramente estará maldiciendo que incluso en su muerte haya sido eclipsado por otro. Y moría Palmira, la única de los cuatro a la que conocía personalmente (no mucho, es cierto, pero lo suficiente) y que ha sido la que se ha ido sin hacer apenas ruido.

Palmira Pla era una de esas mujeres de otra época. Su juventud transcurrió, hace ya muchos años, durante la II Republica. Era maestra, y posteriormente delegada de Colonias Escolares en Aragón. Al terminar la guerra civil se exilió a Venezuela y junto con su marido fundó el Instituto Calicanto. Permanecieron allí hasta la reinstauración de la democracia en España, momento en el que regresaron a su país, donde Palmira fue elegida diputada por el PSOE en las Cortes Constituyentes de 1977.

De Palmira, los que la conocían de verdad dicen que destacaba sobre todo por su sentimiento como docente, como una de esas profesoras salidas de la Institución Libre de Enseñanza que pudimos conocer por medio del cine, a través de la interpretación de Fernando Fernán Gómez en “La lengua de las mariposas”.

Su marcha ha sido injustamente silenciosa, y sólamente alguna necrológica logrará que permanezca en el recuerdo. Ahora que hablamos tanto de recuperar la memoria histórica, o de enseñar a nuestros hijos a ser ciudadanos, el trabajo y el testimonio de Palmira resultan ejemplos reales a seguir por todos aquellos que seguimos creyendo que hay otra forma de hacer las cosas….

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