La economía moral de la multitud

Hace un par de siglos el precio del pan era de una de las variables más importantes para determinar el grado de satisfacción de las sociedades en Europa. Por aquel entonces las familias podían llegar a destinar el 50% de sus ingresos a la compra de pan, por lo que las más mínimas fluctuaciones en el precio del trigo afectaban de forma dramática la posibilidad de subsistencia en algunos periodos del año.

La subida drástica de los precios iba acompañada en muchas ocasiones por motines populares basados en lo que el historiador británico E. P. Thompson denominó “economía moral de la multitud“, y que se resume en la existencia de una conciencia popular respecto a lo que es legítimo en la esfera de la economía (en este caso el régimen de precios, el castigo a los especuladores, etc…).

Los motines y revueltas, lejos de ser acciones deslavazadas y sin sentido, obedecían a una clara intencionalidad: la acción de hombres, mujeres y niños famélicos se destinaba no al saqueo, sino al castigo de aquellos que contravenían esta “economía moral”. Y aunque a corto plazo las consecuencias de los motines podían ser dramáticas por la represión que motivaban, al final los resultados eran beneficiosos, porque normalmente lograban que la autoridad ejerciera de mediadora entre el pueblo y los especuladores a fin de fijar precios más razonables.

Todo esto me viene a la cabeza por la noticia de estos días en la que se anuncia un considerable aumento de los precios del pan como consecuencia de la demanda de trigo para la producción de biocombustible.

Evidentemente hoy en día a nadie afecta una subida de 5 centimos por barra, pero sí que me ha hecho reflexionar acerca de la aparente incapacidad de nuestra sociedad para protestar por aquellas cuestiones que siguen afectando a nuestra “economía moral”. Hay un montón de ejemplos en los que podemos comprobar la impopularidad de determinadas alzas de precios que se consideran injustas o fruto del acuerdo entre intermediarios o distribuidores de un determinado producto. Supongo que como nuestra capacidad de consumo se ha disparado hasta casi el infinito (y mucho más si lo comparamos con un ciudadano europeo de mediados del siglo XVIII), el alza en el precio de un producto concreto no nos produce un quebranto económico significativo, pero ni siquiera en aquellos casos en los que la subida de precios es significativa y claramente incide en nuestros bolsillos (las hipotecas son el ejemplo perfecto), somos capaces de organizarnos masivamente, protestar y conseguir cambiar la situación. Curiosamente los fenómenos de movilización popular rara vez tienen que ver con cuestiones económicas, y por el contrario, casi siempre se relacionan con banalidades: desde el apoyo a un concursante, a la protesta por la cancelación de una serie de televisión, pasando por la movilización masiva para posar desnudos ante un fotógrafo. La realidad es que somos capaces de movilizarnos, concienciarnos y hasta de protestar por cualquier tontería, pero somos casi patológicamente incapaces de hacerlo por aquellas cosas que verdaderamente nos afectan más de cerca. Algunos dirán que somos una sociedad enferma. Yo todavía me resisto a creerlo….., pero hay veces que flaqueo……

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  1. La falla está en E. P. pues su modelo es precario incluso para la época histórica que analiza, siempre hay muchos más forados inorgánicos por los que la rebeldía se escapa a la dominación, suponer una economía mral como diagrama previo de emnacipación es bien pobre, ese diagrama debe ser realizado y conectado en sus puntos por agencias políticas, no partidos, sino instancias específicas de los propios dominados que analizan en donde podrían juntarse los empelotados de tunick con los enrabiados del transantiago y etc.




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