Piratas del siglo XXI.

Y no me refiero a Jack Sparrow y sus huestes de la Perla Negra, no. Ni siquiera a esos bucaneros somalíes que han conseguido que navegar por el Océano Índico sea más peligroso que un tiroteo en el ascensor. Tampoco.

A los piratas del siglo XXI no se les reconoce por el parche en el ojo ni por la pata de palo, sino por sus trajes de Armani y zapatos de Hugo Boss. No se desplazan en mohosas goletas infestadas de ratas, sino en lujosos jets privados costeados por los accionistas de sus empresas. No entierran sus tesoros en desiertas islas en medio del mar, sino en cuentas corrientes de bancos suizos. No enarbolan banderas negras con huesos entrelazados, sino las páginas de los diarios salmón de todo el mundo.

Los piratas del siglo XXI ya no beben ron, sino Dry Martini; ni se mantienen en forma asaltando la cubierta de otros barcos, sino corriendo sobre una cinta en exclusivos gimnasios de lujo. Han cambiado aquello de “¡al abordaje!”, por un simple “¡compra!” o “¡vende!”.

Los piratas del siglo XXI ya no se refugian en sitios tan exóticos como Tortuga, sino en maravillosos spa de cualquier parte del mundo. Y desde luego han abandonado los sables y los pistolones de mecha. Ahora sus armas son la mala leche y el desprecio por todo aquello que no les afecta.

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