Alejandro Lerroux y Daniel Ortega

Alejandro Lerroux era un tipo diferente dentro del escenario político español del primer tercio del siglo XX. Anticlerical, obrerista pero proveniente de la burguesía, antimilitarista aunque hijo de militar, orador brillante… Se ganó el sobrenombre de “Emperador del Paralelo” por sus discursos, auténticas soflamas llenas de demagogia que lograban encender el ánimo de las multitudes de obreros que escuchaban extasiados las palabras de este encantador de serpientes. Durante el ejercicio de sus distintas responsabilidades como ministro o como jefe de gobierno de la II República, era frecuente el desvío de fondos públicos a las denominadas “cajas de reptiles”, una suerte de fondos reservados de hoy en día con el que se conseguía comprar voluntades, y sobre todo las plumas de algunos periodistas de postín que dejaban de escribir acerca del escándalo de turno o lanzaban sus peores dardos contra aquellos que eran objeto de las iras de don Alejandro.

Durante su vida y su trayectoria política, Lerroux pasó del anticlericalismo feroz, a detener el impulso laicista que el primer gobierno progresista de la II República había iniciado entre 1931 y 1933; e igualmente de la defensa de la causa obrera, a la represión salvaje de los obreros asturianos en huelga durante la revolución de 1934.

Pensaba en Lerroux al leer hace unos días este artículo acerca de Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, en el que se narra su deriva política durante los últimos años. Su evolución desde que emergió como líder de la revolución sandinista a comienzos de los 80 hasta convertirse hoy en día en un dictador encubierto que ha traicionado sus propios ideales y los de aquellos que le llevaron hasta donde actualmente se encuentra, permitiendo que una pequeña élite de revolucionarios de pacotilla se enriquezcan aprovechando la impunidad de sus cargos, y que no dudarán en hacer lo que sea con tal de permanecer en ellos. Me impactó la frustración que transmite Gioconda Belli al contar la decepción provocada entre los que, como ella, apoyaron a Ortega sin reparos durante la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza, las dudas calladas que suscitaba el comportamiento a veces arbitrario del líder de la Revolución, y que ellos mismos achacaban a la inexperiencia, y que han pasado a constatar que Ortega se ha entregado al populismo que puede derivar de nuevo en dictadura.

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