Días de Gloria.

Octubre de 2001. Stade de France, en el barrio parisino de  Saint Denis. Se enfrentan en un partido amistoso las selecciones de Francia y Argelia. Casi 80.000 franceses abarrotan las gradas mientras ambos equipos se alinean para escuchar los himnos nacionales. Cuando comienzan los primeros compases de la Marsellesa, la mayor parte del público comienza a silbar hasta el punto de no dejar escuchar la música.

Octubre de 2005. También en el barrio de Saint Denis. Cientos de jóvenes salen a la calle para protestar por la muerte de dos jóvenes adolecentes que trataban de esconderse de la policía. Las protestas terminan convirtiéndose en disturbios que duran días y que llegan a poner en jaque al Ministerio del Interior dirigido por aquel entonces por Nicolas Sarkozy.

Todo esto me viene a la cabeza reflexionando sobre una película que he visto recientemente, Days of Glory, en la que se aborda de forma monográfica el desconocido tema de la participación de los soldados de las colonias africanas durante la II Guerra Mundial.

La película del director argelino Rachid Bouchareb, además de ser una más que destacable recreación bélica, se centra en la participación de soldados argelinos y marroquíes en el ejército francés a lo largo de las campañas de Africa, Italia y Centroeuropa, describiendo (a veces de forma edulcorada, hay que reconocerlo) las penalidades y los sentimientos de estos soldados que luchan hasta la muerte por Francia, su “mère patrie“.

Los soldados de las colonias (cuya existencia ya conocieron de forma tristemente evidente los republicanos españoles que huyeron a Francia en 1939 y que fueron internados en campos de concentración custiodados por soldados senegaleses) combatieron por Francia pensando que de esta forma estaban luchando por su propio país, aunque nunca antes hubieran pisado suelo europeo, y arriesgaron sus vidas de la misma forma que sus compañeros en los diferentes ejércitos que combatieron contra el Eje, aunque a cambio no recibieran, ni mucho menos, el mismo trato por parte de sus mandos en el ejército aliado. Encabezaron en no pocas ocasiones misiones suicidas, asaltos a posiciones imposibles, y estuvieron permanentemente en primera línea, sin que a cambio fueran equipados con el mismo armamento o la misma impedimenta que sus compatriotas del continente. El trato dispensado hacia ellos era racista y abundaban los prejuicios, hasta el punto de que rebasar determinados escalafones en el ejército era poco menos que imposible para ellos.

La situación no mejoró después de la guerra, y una vez que Argelia, Marruecos o Túnez obtuvieron su independencia, los antiguos combatientes perdieron sus pensiones del estado francés, que alegó que ya no eran ciudadanos del país.

La posterior política de integración francesa fue casi inexistente, de forma que las sucesivas generaciones de hijos de aquellos emigrados han ido creciendo en los suburbios de las grandes ciudades, las banlieu, en las que ha ido germinando primero, y madurando después, un sentimiento contra su país de acogida que se ha convertido en rechazo, hasta el punto de sentirse más identificados con las naciones de origen de sus padres que con la suya propia.

El estado francés permitió la creación de guetos dentro de sus propias ciudades, incapaz de prever los problemas que conllevaría el que una parte importante de la sociedad francesa viviese casi al margen de sus conciudadanos, y con unas condiciones  sociales, económicas y políticas muy por debajo de la media.

Pese a los sucesivos anuncios por parte de los diferentes ministros y presidentes franceses respecto a la intención de mejorar la situación y las condiciones sociales de los inmigrantes e hijos de inmigrantes en Francia, lo cierto es que hasta ahora poco o nada se ha hecho, como se pudo ver durante la nueva ola de disturbios de 2007. Curiosamente, una sentencia de los tribunales franceses obligaba en 2002 a que el Estado francés indemnizara a sus antiguos combatientes, independientemente de su nacionalidad. Sin embargo, a día de hoy todas esas personas siguen sin recibir el pago a su sacrificio en el suelo europeo.

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