Postales veraniegas

De vuelta ya de las vacaciones, me quedo con un par de instantes, un par de visitas que he podido hacer durante estos días.

La primera al campo de concentración de Gurs, en Olorón, muy cerca de la frontera con España y destino de miles de republicanos españoles que abandonaron el país al final de la guerra civil. En la actualidad el terreno del campo, de casi 30 hectáreas de superficie, ha sido convertido en un frondoso bosque aunque todavía resulta posible visitar algunas de las antiguas instalaciones, así como un reconstruido barracón que permite a los visitantes rememorar las penosas condiciones en las que vivieron los internados.

El campo de Gurs tuvo una curiosa historia, ya que fue construido en 1939 para albergar a los exiliados, pero inmediatamente, tras el estallido de la II guerra mundial, alojó también a franceses sospechosos de colaborar con  los nazis. Tras la invasión de Francia y la instauración del régimen colaboracionista de Vichy, sus inquilinos volvieron a cambiar radicalmente, de forma que allí se internó a judíos, exiliados que seguían huyendo de España y gitanos. En 1945, antes de ser abandonado albergó brevemente a algunos miles de prisioneros de guerra alemanes tras la firma del armisticio que puso final a la contienda.

Un paseo por sus caminos, todavía delimitados entre las hileras de árboles, permite reconstruir la dura vida que tenía lugar entre sus alambradas: el frío, el calor, la humedad, la ausencia de higiene y de comida en condiciones debieron ser compañeros habituales en el campo, por cuyas instalaciones pasaron buena parte de los españoles que habían combatido al fascismo tan solo unos kilómetros más al sur. Esos mismos  españoles que fueron recibidos en Francia con tan deplorables condiciones, no dudaron ni un ápice, sin embargo, a la hora de empuñar de nuevos sus armas contra el fascismo, esta vez combatiendo a las tropas alemanas en la Resistencia, o integrándose en el recién reconstruido ejército francés que trataba de liberar su propia patria.

Pensaba en el mérito de todas esas personas, el tremendo valor que demostraron y el increible compromiso que asumieron con sus creencias y valores mientras paseaba por las salas del Museo Dalí de Figueras, repleto de turistas en agosto, y que a mi, personalmente, tan solo me pareció un monumento al ego onanista del que dicen gran artista.

Salvador Dalí, que se formó intelectualmente junto a Buñuel y Lorca en la Institución Libre de Enseñanza, abandonó inmediatamente cualquier compromiso ideológico para refugiarse en la seguridad de su locura surrealista, que le servía lo mismo para no sentirse obligado a condenar el fascismo alemán, como para abandonarse a la comodidad brindada por la España franquista, o proclamarse durante los comienzos de la Transición como el primero de los monárquicos.

Sin pasar por alto la genialidad de su pintura, el resto de su obra, especialmente algunas de las instalaciones que pueden contemplarse en el museo, no son a mi juicio sino meros reclamos elaborados por la mente de un artista que pensaba tanto en la forma de pasar a la historia como el más surrealista de los surrealistas, como en engrosar sus beneficios a toda costa, prescindiendo de cualquier otro compromiso que escapase al que se tributó a sí mismo durante toda su existencia.

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