Políticos

De un tiempo a esta parte se ha impuesto en nuestra sociedad la visión de que la gran mayoría de las personas que se dedican a la política cobran unos sueldos millonarios, no trabajan apenas, reciben todo tipo de compensaciones y prebendas, y en muchos casos se enriquecen ilíticitamente merced a supuestas comisiones, sobornos y regalos.
Yo mismo he participado en diversas conversaciones con todo tipo de gente de mi entorno: familiares, amigos, compañeros de trabajo, en los que este tipo de argumentos son habituales sin que sea posible rebatirlos con éxito, porque es tan radical y tan íntimamente arraigada su opinión que se muestran impasibles ante los datos que se les da como argumento o cuando les reto a que me digan el nombre y los apellidos de uno de esos supuestos parásitos de la política; pero no uno de los que salen en los medios de comunicación, sino alguien del que conozcan realmente su patrimonio, las horas al día que trabaja, o su nómina al final de mes.
Ayer mismo volvía a mantener esta discusión con una persona muy allegada a mi y nuevamente fue incapaz de proporcionarme ese nombre. A cambio, le reté a que me dijera un caso conocido de alguien que cargue la gasolina a su empresa cuando sale de viaje con la familia, que se quede las dietas de desplazamiento sin haberse movido un solo kilómetro de casa, que realice su trabajo sin emitir factura… Le pedí que pensara en establecimientos en los que no te dan un ticket cuando compras, en padres que falsifican el domicilio de sus hijos para acudir al colegio deseado, en profesionales que ejercen una segunda actividad pese a no poder hacerlo, en asociaciones que justifican subvenciones de forma irregular….
La semana pasada la Federación de Cajas de Ahorros (FUNCAS) emitía un informe en el que afirma que en España la economía sumergida alcanza un 24% del valor del PIB. Es decir, en este país, por cada 100 euros declarados hay otros 24 que quedan al margen de cualquier impuesto, tasa, regulación o justificación.
¿Cuántos millones de empleos se pueden crear con el 24% del PIB de un país como España? ¿3, 4….. 5 quizás?
Se ha impuesto la visión de que esa pequeña casta de políticos es la responsable del desastre económico al que supuestamente está abocado nuestro país, y para ello se citan los males de nuestro estado autonómico, el despilfarro de las infraestructuras, los sueldos millonarios o la deuda per cápita que nos corresponde como sufridos ciudadanos, y al tiempo, se nos dice que esto solo lo puede arreglar la eliminación de privilegios, la depuración de los políticos, la privatización que permitirá que todo sea regido de forma eficaz y diligente….. “Indignaos, porque estáis haciendo la revolución, porque terminando con los políticos terminaréis con los problemas……”
Al mismo tiempo aparecen noticias, datos y comentarios que, al menos a mi, me hacen reflexionar: veo que nuestro país, gracias a las comunidades autónomas, ha reducido su desigualdad de forma espectacular en los últimos 30 años; encuentro que hoy en día resulta mucho más cómodo y fácil desplazarse gracias a los miles de kilómetros de autovías y vías de ferrocarril construidos; compruebo que en países modelo de eficiencia como Alemania, a sus ciudadanos les corresponde una deuda el doble que la nuestra; oigo que en aquellas comunidades autónomas donde se han privatizado servicios públicos como la sanidad tienen peores condiciones y mayores deudas por el gasto farmacéutico….. Y al mismo tiempo sigo comprobando que mucha gente con seguro privado acude a su médico de cabecera a pedirle las recetas, que todos queremos que el AVE pase por nuestro pueblo o ciudad, que todos pedimos que la autovía tenga esa salida que nos deja a 5 minutos de nuestra casa, o que no entendemos cómo es posible que las aulas de los colegios no tengan en su totalidad los mejores recursos y las mejores condiciones.
Lo cierto es que España se ha convertido en un país en el que la pataleta y la protesta fácil se han convertido en un deporte nacional, en cuyas reglas se contempla poner a caldo todo lo que hagan los demás, pero en el que está permitido hacer la vista gorda ante nuestras flaquezas o las de nuestros familiares y amigos. Queremos tener el mejor el mejor estado de bienestar, pero somos los campeones de la la economía sumergida. Queremos educación y sanidad de primera, pero somos contrarios a los impuestos. Queremos desplazarnos por carreteras de primera y trenes de alta velocidad, pero solo si los hacen en nuestra comunidad autónoma. Se nos llena la boca reclamando la reforma de ley electoral y denunciando la miseria de los partidos políticos, pero lo cierto es que cada vez vota menos gente, y desde hace 20 años la participación (no solo en política, también en sindicatos, asociaciones, colectivos…) ha ido menguando de forma imparable.
No trato de defender por defender a los políticos de nuestro país. Como en todos los países, disfrutamos y sufrimos a políticos malos, regulares y hasta buenos, al igual que también podemos encontrar buenos y malos empresarios, médicos, notarios, albañiles o fontaneros.
Me dice uno de mis rebatidores habituales que es verdad, pero que eso no puede permitirse en política, que es necesario que solo los mejores se dediquen a la cosa pública, y yo le contesto que sí, que ojalá fuera cierto que nuestros mejores pensadores, técnicos, urbanistas, economistas, historiadores o en general, nuestros mejores ciudadanos se dedicaran a la política, pero que en todo caso eso no es culpa de los políticos actuales, sino de nosotros, los ciudadanos, que hemos sido los que con nuestra desidia y nuestro desinterés por lo público hemos permitido que las cosas alcancen este grado de malestar.

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