Es la desigualdad, estúpido

En la fascinante escena inicial de “The Newsroom”, Will Mc Avoy (Jeff Daniels) explica en tres minutos y medio por qué EE.UU. no es el mejor país del mundo, aunque podría serlo. En esos apenas 200 segundos enumera una serie de de datos sobre los indicadores (pésimos en algunos casos) de la supuesta primera nación del planeta.

Lo explica bastante bien el premio Nobel Joseph Stiglitz en su último libro, “El precio de la desigualdad”, en el que cuenta que EE.UU dejó ya de ser hace tiempo la “tierra de las oportunidades” donde cualquier self-made-man podía ascender desde la alcantarilla más oscura hasta la presidencia de la nación. De hecho, la realidad actual es bien distinta, de forma que las diferencias entre los más poderosos y el resto no hacen sino aumentar a pasos agigantados: entre 2009 y 2010 el 1% más rico del país se quedó en sus bolsillos con el 93% de la riqueza generada.

Si nos empeñamos en buscar datos encontraremos decenas que servirán para refrendar esta teoría pero, ahí está el problema, no sólo en Estados Unidos sino en la mayor parte de las naciones desarrolladas del mundo.

Y es que la desigualdad es una de las peores consecuencias de la actual crisis económica. El Índice de Gini, que mide la desigualdad de ingresos entre los individuos de una nación (0 es igualdad perfecta, 1 desigualdad máxima), muestra para el caso de España un crecimiento que nos sitúa en valores de 1995 (actualmente está en 0.347).

Creo que esta y no otra es la cuestión más importante que deben atender nuestros gobernantes, que deberían estar obligados a mantener un mayor equilibrio entre aquello que es bueno y recomendable para los indicadores macroeconómicos, y la traslación que sus medidas tienen para la mayor parte de la población.

En el caso de España, buena parte de las decisiones tomadas por el gobierno de Rajoy están aumentando esa brecha preexistente entre aquellos que más y menos tienen, y además están logrando que cada vez más miembros de lo que se denomina “clases medias”, formen parte de lo segundos. A la reducción de un 7% de media en las retribuciones de 4 millones de empleados públicos le podemos sumar el aumento de los impuestos directos e indirectos, el copago farmacéutico o la supresión de becas escolares entre otras muchas medidas que han sido aprobadas en los últimos meses y que afectan especialmente a lo menos pudientes. De la misma manera, las cada vez mayores dificultades para poder desenvolverse dignamente en nuestra sociedad harán que estas diferencias se acentúen. De hecho, conquistas básicas de nuestra democracia como la posibilidad de que casi cualquier persona pueda tener acceso a la formación universitaria, están en peligro si continúa la subida del precio de las matrículas al tiempo que desciende el número de becas.

Por todo ello, y al igual que en 1992 un estratega de la campaña de Bill Clinton tuvo la brillante idea de reorientar el mensaje del futuro presidente de EE.UU. hacia los temas económicos, y de paso romper casi todos los pronósticos previos y adjudicarse aquellas elecciones, me encantaría que hubiera uno de esos agudos estrategas en Ferraz escribiendo la frase que da título a esta entrada en todas y cada una de las paredes de la sede socialista. Porque de lo que hay que hablar desde ya, es del modelo de país que vamos a tener en el futuro y que, a no ser que lo remediemos, va a basarse en la más profunda desigualdad.

En 2012 ya arrastramos cuatro años consecutivos en los que los salarios crecen por debajo de los precios, y la tendencia continuará de forma indefinida si comienzan a implantarse algunas de las ideas que llevamos meses oyendo como la de los minijobs o la supresión de más coberturas sociales.

Los partidos conservadores y especialmente el PP no son partidarios de mantener un estado de bienestar a la manera que hemos conocido hasta ahora, y comienzan a enviar mensajes respecto a que todos aquellos derechos de los que hemos disfrutado pueden empezar a ser responsabilidad de cada uno. Y al mismo tiempo que suprimen derechos hacen todo lo posible para que la sociedad civil se quede sin posibilidad de réplica: la criminalización de la protesta, o la profundamente mezquina propuesta de Cospedal de políticos sin sueldo van justamente encaminadas en esa dirección.

Sí estuviera en uno de esos despachos del PSOE en los que se deciden las cosas no me cabe duda de que esto sería lo que me preocuparía. En ningún momento se me pasaría por la cabeza ofrecer mi colaboración al partido que está desmontando el estado que hemos creado en los últimos 35 años (aunque sea con todos sus defectos); no estaría dispuesto a renunciar a ninguna de las señas de identidad que caracterizaron al partido que más y mejor ha transformado este país; y sobre todo tendría muy claro que existen algunas líneas rojas innegociables, y que traspasarlas supondría la más firme oposición, por encima incluso de la lealtad institucional que es necesario mantener en tiempos de crisis, pero que no ha de imponerse a la lógica del modelo de sociedad que la mayor parte de la ciudadanía todavía quiere mantener.

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