De votos, partidos y personas…

Andalucía, -700.000; Aragón, -133.000; Asturias, -22.000; Baleares, -83.000; Canarias, -156.000; Cantabria, -70.000; Castilla la Mancha, -180.000; Castilla León, -250.000; Cataluña, -750.000; Valencia, -420.000; Extremadura, -115.000; Galicia, -157.000; País Vasco, -42.000; Navarra, -43.000; Murcia, -94.000; Madrid, -500.000; La Rioja, -27.000.

Este es el número de votos que ha perdido el PSOE en cada comunidad autónoma entre sus dos últimas consultas electorales, ya sean generales o autonómicas, incluyendo los últimos procesos en Asturias, Andalucía, Galicia y País Vasco. Más de tres millones y medio de votos en un ciclo de menos de cuatro años, con cifras negativas en todos y cada uno de los territorios, lo que permite deducir que no se trata de errores puntuales achacables a las diferentes estructuras autonómicas, sino a un problema de modelo de funcionamiento cuya responsabilidad recae directamente en la dirección federal.

Las causas de esta auténtica debacle? Muchas y con diferentes orígenes:

Por un lado un problema de indefinición política e ideológica. Desde los años 90 el PSOE, al igual que la mayor parte de la socialdemocracia europea, ha mantenido un doble discurso que le ha permitido llevar a cabo una gestión económica conservadora (especialmente cierta pasividad hacia un mercado cada vez más abierto y desregulado) que convivió con la gestión de unas políticas sociales que han permitido hacer más grande el estado de bienestar que fue construido durante las décadas siguientes a la II guerra mundial. Este proceso que en la mayor parte de las naciones occidentales duró varias décadas, fue desarrollado en España en apenas 25 años, pasando de ser un estado a la cola en lo económico y lo social, a formar parte del selecto grupo de locomotoras de una Europa que parecía no alcanzar techo.

La rapidez del crecimiento hizo invisible la imperfeccción con la que se estaba produciendo, y sobre todo ocultó buena parte de los defectos de forma que se cometieron en esos 25 años de imparable progreso.

Paralelamente el PSOE se transformó desde una opción política de clase -que aglutinaba a buena parte de la oposición al régimen franquista y sobre todo al joven electorado de la recién nacida democracia-, en una maquinaria electoral cuya finalidad pasó a ser convertirse en un partido “atrapa todo” capaz de perpetuarse al frente de las instituciones en el gobierno central y en buena parte de las comunidades autónomas.

Entre tanto, no se puede olvidar, el PSOE transformó el país a un ritmo vertiginoso e impensable en 1975 (no olvidemos que es el partido que ha gobernado durante más tiempo en los últimos 35 años): modernizó (en parte) la estructura productiva; sentó las bases de un estado de bienestar con especial mimo en lo referente al sistema de pensiones, la educación y la sanidad; introdujo a España en la Comunidad Económica Europea y en la OTAN, y de paso modernizó social y económicamente un país que durante la mayor parte del siglo XX había vivido muy por detrás de sus vecinos europeos. La culminación de todo ello fueron las estadísticas inmediatamente anteriores al estallido de la crisis, cuando nuestros país se colocó en un privilegiado lugar dentro de las diez economías más desarrolladas, justo cuando España aparecía ante el mundo como sinónimo de modernidad, crecimiento y bienestar.

El PSOE se había convertido para entonces en un partido de gobierno, en una estructura fuertemente burocratizada en la que el tradicional componente obrero había dado paso a otro mucho más ajeno a sus siglas. Curiosamente, un altísimo porcentaje de los líderes del partido que protagonizaron ese proceso, treintañeros al principio, siguen moviendo todavía hoy los principales resortes de la organización, aunque muchos de ellos estén ya próximos a la jubilación. La experiencia, dicen…

Por debajo apenas un grupo de cuadros medios, prestos a ocupar el lugar que la biología les aguarda, pero sin apenas experiencia fuera del partido, acostumbrados a acatar las indicaciones de sus jefes, con nulo espíritu crítico aunque muy bregados, eso sí, en el difícil arte de las afiliaciones fantasma, las asambleas sin discusión, las listas de candidatos acordadas previamente y sin debate, y sobre todo, muy reacios a escuchar a los demás, ni a sus propios compañeros ni a las voces que, desde ya algún tiempo, comienzan a llegar desde las urnas.

El PSOE puede seguir así todavía un largo tiempo, el que le concedan los cuatro o cinco millones de ciudadanos que difícilmente votarán, votaremos, a otra opción política. Pero llegará un momento en que la gente joven que ha crecido con un PSOE desprestigiado, opaco, alejado de la realidad, ajeno a lo que le pasa realmente a la ciudadanía, no tendrá ningún reparo a la hora de identificar a la izquierda española con cualquier otro partido. Cuando eso ocurra, y al paso que vamos ocurrirá, se habrá arruinado definitivamente el legado de un partido centenario.

Algunos tienen la tentación de anteponer sus intereses personales a los del PSOE; prefieren mantener la corrompida imagen del partido antes que reconocer los errores; insisten en ocupar y mantenerse en sus púlpitos (cada vez menos porque el respaldo ciudadano es cada vez menor) antes que ceder el testigo a una generación que desde hace mucho tiempo está mejor preparada y comprende mejor la sociedad en la que vivimos.

Desde muchos ámbitos se insiste en que la socialdemocracia y la izquierda en general están en crisis, cuando la realidad nos está enseñando que lo que está comprometida no es la ideología -más necesaria que nunca- sino la forma en que se presenta ante las personas.

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  1. Felipe González, estudiante del montón, ingresa en Derecho en 1959, y al año siguiente, según él mismo, sustituye la inquietud religiosa por la política. En 1962 contacta con los democristianos de Jiménez Fernández, ex ministro de la CEDA en la II República, donde trató de aplicar con criterios avanzados la DSI. Conecta con otros como Guillermo Galeote (el de la trama de Filesa), y Luis Yánez, y sobre todo Alfonso Guerra. En 1963 conoció a varios miembros del FLP. Participó en una algarabía de Guerra contra Fraga pero al no verse apoyados por el profesor abandona el grupo. En junio de 1965 un dirigente de la HOAC le propone para una beca en Lovaina. Todavía no se ha afiliado al PSOE, lo decide allí, lee sobre marxismo, aunque sin mucha convicción. En 1967 abre con otros el despacho laboralista en Sevilla, que se convierte en el embrión del PSOE y la UGT en toda Andalucía. Rechazan las aproximaciones de los comunistas. En 1969 acude a una reunión del Comité Nacional del PSOE convocada en Bayona por Rodolfo Llopis, quien muestra desconfianza en los socialistas del interior. Sale desanimado, pero Múgica le ofrece con Nicolás Redondo su apoyo. Guerra ha trabajado mucho las relaciones personales con centros exteriores de apoyo, y abordan la etapa 1970-1974 la de los tres congresos de Francia que les llevará a la conquista del partido.




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