Generación low cost

Al levantarse aquella gélida mañana de enero decidió colocarse la gruesa chaqueta de lana en lugar de subir el termostato. La factura del gas del mes anterior la había hecho tiritar mucho más que aquella temperatura que apenas recordaba de sus años mozos en la casa sin calefacción de sus padres. Para prepararse el café abrió el armario repleto de marcas blancas que en su tiempo aparecía teñido de los vivos colores de los anunciantes de los spots de televisión y que ahora procuraba evitar. Antes de salir de casa se miró al espejo del pasillo a fin de comprobar los zapatos que el día de antes había comprado en los chinos de la esquina. “Relucientes”, pensó, pero no por su aspecto nuevo, sino porque la brillante piel sintética apenas le recordaba el calzado de cuero que solía llevar antaño.

Como siempre desde hacía ya un par de años salió pronto de casa a fin de no perder el autobús. Aunque el trayecto hasta el trabajo le costaba más de una hora, conducir el viejo coche heredado de su madre había dejado de ser una opción desde que la gasolina se había puesto al precio de un gintonic de los buenos. En el trayecto pudo observar las caras arrugadas y tristes, muchas de ellas todavía somnolientas, de aquellos otros curritos que como ella se encaminaban a sus puestos de trabajo repartidos por toda la ciudad. Recordaba que en tiempos el transporte público era para ella poco menos que una cosa de segunda, propia de los miles de trabajadores inmigrantes que no tenían otra forma de desplazarse, y que poco a poco habían ido dejando paso a gente como ella, treintañeros y cuarentones con cara de pocos amigos, enfrascadados en las pantallas de sus ebooks y smartphones, ajenos a todo aquello que no formara parte de su más inmediato círculo.

Tenía un trabajo de nueve horas, de forma que podía darse por afortunada, aunque el miserable sueldo que cobraba apenas le permitía darse un par de caprichos al cabo del año. Había dejado de estudiar pronto y eso le había alejado de la posibilidad de aspirar a uno de esos empleos que te permiten llevar una vida desahogada. Se había conjurado consigo misma para que su hija no repitiera sus errores, para que pudiera estudiar una carrera y de esta forma encontrar algo mejor que la mierda de trabajo que hacía ella. Sin embargo veía esa opción cada vez más alejada después de hacer cuentas y calculado lo que costaría pagarle cuatro años más de educación en la universidad.

En su jornada de 8 a 5 tenía mucho tiempo para pensar. Después de todo era una afortunada. Muchos de sus amigos se habían quedado en el paro en los últimos años, y el resto vivía atemorizado por la posibilidad de unirse a ese funesto grupo, incluso aquellos que llevaban años en puestos que parecían seguros hasta hacía poco tiempo.

Como era viernes, a la vuelta se permitió esbozar una sonrisa mientras entraba en casa. Se calzó sus zapatillas y se colocó frente a la pantalla del portátil. Llevaba semanas entrando en la web de la compañía aérea de vuelos baratos, buscando la mejor fecha y el mejor precio para adquirir el billete que le llevaría a casa de su hermano en verano, dentro de 7 meses.

Al terminar se preparó para la noche un película que había bajado de Internet un par de días antes. Le encantaba el cine, aunque hacía ya meses que no iba, más o menos desde que las entradas se habían convertido casi en un objeto de lujo.

Mientras preparaba la cena, pensaba en lo que tenía que hacer al día siguiente, ese sábado de asueto con el que soñaba durante toda la semana. Iría a uno de esos centros comerciales que se habían convertido en la nueva ágora de la modernidad. La vieja estantería reciclada que utilizaba como soporte para la tele había decidido descomponerse para siempre, así que compraría en IKEA una mesita de unos pocos euros que le obligaría a estar media tarde agachada atornillando sus diferentes piezas. Había tratado de ahorrar para comprar un mueble que le parecía especialmente apropiado para su ya vetusta sala de estar, pero cuando lograba juntar algo de dinero siempre aparecía algún imprevisto que terminaba por dejar su “caja de resistencia” a cero. Quizás tras la compra podría darse un pequeño capricho con su hija, y merendar en aquel sitio donde podías atiborrarte de montaditos por unos pocos euros.

Al acostarse, por la noche, trató de recordar la primera vez que había escuchado eso de los precios bajos: las vacaciones, los muebles, la comida y hasta el ocio de saldo. Lo que nunca pensó en aquel momento es que aquello era sólo el anticipo de una vida low cost.

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  1. generación low cost, y derechos low cost




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