¿Hablamos de renta básica? (otra vez)

Poco antes de morir, Tony Judt resumía el estado de crisis que se avecinaba en 2008, del que en España todavía no teníamos muestras claras, y mucho menos de la gravedad con que iba a alcanzarnos. Explicaba que los mayores perjudicados por la crisis no eran los desempleados, sino los que él llamaba “excluidos”, aquellos que quedan directamente fuera de la fuerza de trabajo, que han salido de ella sin posibilidad de retorno (parados mayores de 45 años) o que ni siquiera han llegado a formar parte de la misma (amas de casa, inmigrantes, etc…), lo que conlleva que queden fuera del “circuito” de coberturas sociales que el estado de bienestar tiene a disposición de la mayor parte de sus integrantes.
Para Judt, los Estados son los únicos que pueden garantizar cierto grado de coherencia y estabilidad, “son todo lo que puede mediar entre sus ciudadanos y las capacidades sin restricciones de los mercado, las administraciones supranacionales […] y los procesos no regulados sobre los que los individuos y las comunidades carecen de control”.
La semana pasada Paul Krugman se cuestionaba si hemos llegado al final de una época de crecimiento permanente. La era postindustrial y la revolución tecnológica de finales del siglo XX y comienzos del XXI no han resultado ser tan determinantes como lo fueron las revoluciones industriales del XIX y comienzos del XX, y mucho menos que el gran cambio provocado por la electrificación generalizada de los procesos de producción, que dio paso a la mayor época de crecimiento experimentada en la historia de la humanidad.
Quizás, continuaba Krugman, quede todavía por ver las consecuencias definitivas de esta última revolución tecnológica, cuando comience a generalizarse el uso de máquinas inteligentes, aquellas que ya no sólo sustituirán al trabajador humano en procesos automatizados y de escaso valor añadido, sino en aquellos en los que hasta ahora no tienen cabida porque no pueden reemplazar la mente creativa de una persona.
Cuando esto ocurra (para lo cual sólo es cuestión de tiempo), se producirá un auténtico cataclismo en la forma de entender el trabajo, por cuanto millones de trabajadores de todo el mundo se convertirán en factores de producción sustituibles por máquinas que realizarán su trabajo durante 24 horas seguidas, 365 horas al año, y sin sueldo.
Puede que suene a ciencia ficción, pero si pensamos en los ordenadores que están ya dejando sin trabajo a algunos brokers de la bolsa, nos daremos cuenta de que quizás no nos quede tanto tiempo para que ese escenario se convierta en realidad cotidiana.
Podemos pensar sin ser descabellados que en condiciones normales, a mediados del actual siglo millones de personas pueden quedar fuera del mercado de trabajo, que pasará a convertirse casi en un objeto de lujo más que en un derecho universal.
Ante esto, y si no queremos que ese colectivo de excluidos del que hablaba Judt en 2008 se convierta en la mayoría de los ciudadanos, es necesario que se prevean formas alternativas que permitan a las personas tener la capacidad suficiente como para desenvolverse en la sociedad. Aquí es donde entran en juego alternativas como las que proponen los defensores de la puesta en marcha de una renta básica de ciudadanía, una de esas medidas que los economistas más conservadores suelen calificar como ineficiente o directamente utópica.
Lo cierto es que vivimos en un mundo que rápidamente se está polarizando entre unos poquitos que acumulan la riqueza y una mayoría creciente que ve cómo cada día que pasa su renta disponible disminuye, al igual que su capacidad de ahorro. Esto último, unido a la privatización de servicios públicos que los gobiernos conservadores de todo el mundo están llevan a cabo allí donde se establecen, va a terminar provocando una pérdida de derechos que nos pueden retrotraer a condiciones de vida de otro tiempo.
Los partidarios de adelgazar el estado hasta hacerlo prácticamente irrelevante lanzan consignas desde sus torres de marfil, ajenos a la realidad creciente de un número cada vez mayor de ciudadanos que se sostienen con dificultad dentro de un modelo de sociedad que terminará por dejarlos fuera.
Urge abandonar el “cortoplacismo” tanto en política como en economía y tratar de adelantarse a los problemas que sin duda alguna van a saltarnos a la cara en las próximas décadas con nuevas ideas y propuestas. En este sentido, la renta básica de ciudadanía con su objetivo de proporcionar a los ciudadanos “un ingreso pagado por el estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro de pleno derecho o residente de la sociedad incluso si no quiere trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva” es, de hecho, la única medida que puesta en marcha de forma global, esto es, es un ámbito institucional suficientemente amplio (Unión Europea, o incluso estados individuales como España), serviría para combatir la desigualdad, la pobreza y la exclusión.
En un momento en que los grandes partidos de la izquierda están viendo la necesidad de cambiar de estrategia y volver a conectar con amplios sectores de la sociedad, y sobre todo, poner en marcha políticas que le devuelvan a su origen de lucha contra la desigualdad, propuestas como la renta básica deberían formar parte de su nuevo corpus ideológico.

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